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Garrapateado a nombre de
El Buruso
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La noche llegó tan insípida y hedionda como la que antes partió cual pobre nostalgia en esta marisma de polvo y ruido que sustituye al tiempo. A oscuras, Evaristo Martínez se debatía entre zafar la mano atascada en el tarro, asir de una buena vez por todas la cucharilla de aluminio que bailaba en su fondo, y recordar con precisión cuántas otras historias comenzaban con alguien preparándose el café.
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Garrapateado a nombre de
El Buruso
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No quiero, aunque no es posible que yo quiera.
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Garrapateado a nombre de
El Buruso
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Considerar las opciones le venía bien al anciano en su afán por evitar el esfuerzo de escapar a una pena que no terminaba de cederle suficiente espacio en aquel cuerpo cuyo sinsentido él ocupaba con desgano. Se sufre porque se comprueba, nos comentaba Evaristo, se sufre porque se cerciora uno del ansia inevitable por descubrir todos esos episodios, esas excusas, testimonios y argumentos que nos hemos construido cientos de veces para provocarnos la sensación de haber tocado fondo. Es un dolor, nos reiteraba Evaristo, es un dolor que a la larga sólo añade más pisos a una agonía cuyo peso, por ser aparente, jamás termina de aplastarnos.
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Garrapateado a nombre de
El Buruso
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¿Es posible entender la verdad? ¿Se puede continuar al no hacerlo? ¿Podría yo desentenderme sin ser una verdad?