Bueno, tal y como lo tengo entendido, tardó un poco más de lo esperado. Osea, yo misma me hubiese creído en el propio thriller, en uno del mismísimo Alfred Hitchcol, el de los pájaros o qué se yo, un film-noir de tercera categoría. Mire, hasta donde yo sé, la Julianita estaba a punto de quedarse dormida, el agua salía calientita y buena, nada extraño se oía por ahí.
Primero vino algo así como un soplo del corazón, un hundimiento tipo arritmia, después ella intentó ponerse cómoda y no pudo y el malestar siguió ¿sabe? Como el que uno siente cuando algo raro está a punto de ocurrir. Bueno, así. Entonces ella peló los ojos y los puso en el techo. Nada. Nadita. No vio nada. Es decir, osea, no estaba allí la lámpara de neón esa tipo ochentosa con unos ligeros aire de art-nouveau que tan bien le hacía juego con el baño suyo, no el de ahorita, el que acaba de remodelar -que por cierto, me imaginó, tendrá que reconstruir de nuevo otra vez si es que no venden el apartamento-, sono el otro, osea, el de la regadera con puertas de vitral y el aguamanil toscano y las baldosas de lirios campestres. Ajá, sí. Ella abrió los ojos. Miró el techo y nada, no bio la lámpara de neón y se puso de pie de una y llamó al marido con un grito. Okey, no con un grito de verdad, osea, ella sí lo intentó, pero no le salió la voz, como si se le hubiese perdido por todo el cuerpo. Sólo cuando sintió que se le iba el alma con el primer grito fue que lanzó el segundo que a pesar de salirle más fingido sonó más verdadero y por lo tanto dejó esa estela de silencio, esa que le hace a una caer en cuenta de que nunca se está a solas. En resumidas cuentas chicho, en medio del silencio que dejó el segundo alarido fue que vió la cosa esa en el piso.
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