Lo sé. No soy, mejor dicho, ya no puedo ser tan tonta como para regodearme con la certeza de cuán ilusorio es el recuerdo, de lo poco preparados que estamos para nuestro pasado, o de cómo nos engaña la experiencia. Cuanto vivo sólo podría ser real si precediera a los hechos, es decir, sólo podría concebir como verdadero algo que ocurriese antes de que yo lograse decirme que algo pasa, que me pasó, que me desencajó para siempre de modo que ni siquiera pueda arrepentirme de no haberme desquiciado.
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