¿En cuántas, o mejor dicho, en cuáles historias puede uno toparse consigo mismo a punto de beber café o al borde de alguna otra clase de inicio? Imposible decirlo. Sólo queda confiar plenamente en que Evaristo Martínez Salcedo fue el primero y, más aún, en que sobre el antepecho de ladrillos de la única ventana de su casa aterrizaron sin previo aviso cuatro luces envueltas en un amasijo de plumajes y gorgoteos vibrátiles.
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