Encandilado, Evaristo olvidó el rancho al que apenas se había podido mudar hace ya un par de años, luego de pelar gajo en un proyecto por lo demás ingenuo y poco después de asumir el taciturno oficio de vigilante privado o, más bien, tal y como tanto ha insistido, de "vigilante privado de toda seguridad" en una garita de una fábrica de tornillos al suroeste de una ciudad con cuyo nombre aún se atraganta. Por eso, al tantear las maltrechas paredes del dormitorio y poco después de tropezar con la bombona de gas, el tiempo en que el viejo demoró en recuperar la vista fue el mismo en que creyó estar de regreso a su antiguo hogar.
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