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Sí, así es, en efecto. El marido, Damián García, él se levantó de la cama. No, él no se dio cuenta de que al televisor le faltaba su pantalla. No, tampoco le pareció que el candelabro del pasillo estuviera fuera de sitio. Sí, fue al baño, sonriendo, sonriendo porque, según él, los alborotos que por cualquier cosa armaba Juliana eran cuestión de todos los días, sobre todo en la oficina. De acuerdo, es verdad, lo entiendo. Igual entró a averiguar qué le pasaba a su esposa y como esta se negó a contestar, pues, qué más, busco el interruptor, pasó la mano arriba y abajo, le dio al suiche una y otra vez. Nada. La esposa tartamudeaba. No le hizo caso. Agarró la cesta de la ropa sucia y se montó en ella. La esposa seguía tartamudeando, cada vez con mayor claridad: "la luz se fue, se fue", decía ella mientras él le contestaba que eso era de lo más evidente. Parado en la cesta, tambaleándose, el doctor extendió el brazo, no encontró el tubo de neón, se vino al suelo de un trancazo que su esposa aprovechó para repetir la estrofa con un poco más de contundencia: "la luz se fue, se fue de donde estaba, como un bicho por debajo de la puerta". Al tal Damián el arranque de locura de la esposa le molestó sólo un poco más que la caída. "Pero, ¿qué te pasa mi vida¿ ¿Tú como que te volviste loca?", dicen que dijo antes de pedirse a sí mismo un poco de paciencia e indicarle a su esposa que recorrería el apartamento para comprobar si la luz se había ido por todas partes. "¿Por todas partes?" preguntó Juliana dejando al lado la cantaleta, "¿por todas partes? pero tú estás loco Damián, ni se te ocurra, ni te atrevas a prender otra...". Demasiado tarde. Por más que insistiera ya sería demasiado tarde. Damián saldría del baño entre dimes y diretes y presionaría el interruptor del pasillo y el resto ya lo sabemos.

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