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Tumbar accidentalmente el calendario (cortesía de una fábrica de acumuladores), golpearse la rodilla con la mesita de mimbre rosado (comprada al turco de la esquina), resbalar entre el estante de hierro colado, el taburete de media pata y el portalápices de bambú (robado en un tarantín de playa), más que un duro golpe le propinaron al viejo la certeza de que allí seguía. Y menos mal que no se le ocurrió nunca invertir en mejoras para su enclenque habitáculo, de lo contrario la pérdida habría sido incalculabe. Una sola vez lo había intentado, eso, la remodelación, el cambio de vida. Una sola vez que terminó en fracaso, si es que así se le puede llamar a aquello. Una sola vez y después más nunca, con esta fórmula bastaría para describir la casa del centinela y para abrir los ojos de una buena vez por todas: esquirlas en el suelo - párpados irritados - palo de escoba roto - cucharilla íngrima y sola - cable degollado - antepecho de ventana con cuatro, no, más bien cinco charcos de luz, cinco pájaros coruscantes. Que la luz cobrase vida, y que fuese animal esta vida, le devolvió la noción de sí al señor Martínez, es decir, le recordó que alguna vez fue otro. Tal vez por eso el anciano se acercó al espejito colgado sobre el catre para mirarse la cara como si con esto bastase para escapar al terror. Desde luego, y como casi en todos los demás casos, el viejo olvidó que se hallaba a oscuras y que la luz ya estaba en lo suyo, en forma de pájaro, aliabierta y en desbandada. Así es la luz cuando se va.

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