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Pues, no conforme con poner su mano a bailar un destartalado merengue con la cucharilla en el tarro, el señor Martínez tuvo que arreglárselas con la cuadrilla de recién llegados. Para colmo de males, en la punta del cable ungido en mantequilla hervida y mosquitos chamuscados, la única bombilla de su casa empezó a zumbar y a variar de intensidad, atascada en un sórdido contrapunteo con el coro de avechuchos al pie de la ventana y con la cucharilla bamboleante que al poco tiempo entró en frenesí a boca de jarro. Luego, calló el silencio. Se rompió. El tarro en el suelo. Evaristo se apartó, comprendió, es decir, estiró furtivamente la mano en busca del palo de escoba, ése que hace nada había apoyado de la pimpina de agua potable. La cucharilla estaba a solas, diríase que desnuda. Las esquirlas desperdigadas multiplicaban la presencia de las cuatro luces. Una especie de suspiro abominable se desparramaba. Acto seguido, la única bombilla de su casa soltó un silbido de cafetera estropeada antes de caer del sócate como una oruga luminosa que enmudeció en el suelo; sin reventar, encendida, ronroneando, deshaciéndose de su vieja forma, desde la rosca que se desovillaba para alargarse cual pico de aluminio fundido, hasta las curvas abultadas que de pronto se abrieron en un par de alas y libraron un gran estrépito amarillo.

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